Argentina avanza en un esquema de incentivos orientado a fortalecer la economía real. El RIMI (Régimen de Incentivo a la Microindustria) surge como una herramienta pensada para potenciar la producción nacional, fomentar el empleo formal y facilitar la inversión en pequeñas y medianas unidades productivas.
En un contexto de transformación económica, el objetivo es claro: generar condiciones estables para que la inversión privada se traduzca en fábricas en funcionamiento, innovación tecnológica y más puestos de trabajo registrados.



¿Qué busca el RIMI?
El régimen apunta a:
- ✅ Incentivar la creación y ampliación de microindustrias
- ✅ Reducir costos fiscales y burocráticos
- ✅ Facilitar el acceso a financiamiento
- ✅ Promover la formalización laboral
- ✅ Integrar cadenas de valor regionales
A diferencia de otros esquemas orientados a grandes proyectos, el RIMI pone el foco en la escala productiva local, donde se concentra buena parte del empleo argentino.
Producción federal y desarrollo regional
Uno de los ejes centrales del régimen es su impacto territorial. La microindustria tiene fuerte presencia en economías regionales, donde la agregación de valor en origen resulta clave para mejorar competitividad y arraigo.
Sectores como:
- Agroindustria
- Alimentos y bebidas
- Textil
- Metalúrgica liviana
- Economía del conocimiento aplicada a procesos productivos
podrían verse directamente beneficiados por un esquema que combine alivio fiscal, previsibilidad normativa y acompañamiento financiero.
Empleo formal como prioridad
El RIMI no solo apunta a incrementar el volumen productivo, sino también a formalizar empleo y ampliar la base contributiva. El incentivo a nuevas contrataciones y la reducción de cargas iniciales buscan acelerar la transición hacia empleo registrado.
En términos macroeconómicos, el impacto esperado es:
- Mayor inversión privada
- Aumento del empleo formal
- Expansión del consumo interno
- Más exportaciones con valor agregado
Complemento de otros regímenes
El RIMI se presenta como complemento de instrumentos como el RIGI (Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones), ampliando el alcance de la política industrial: mientras el RIGI apunta a megaproyectos estratégicos, el RIMI se orienta a la base productiva.
Esta combinación permite construir una arquitectura de incentivos que abarque desde grandes desarrollos energéticos y mineros hasta pequeñas plantas manufactureras regionales.
El desafío: convertir incentivos en inversión real
Como todo régimen de promoción, el éxito del RIMI dependerá de su implementación concreta, la estabilidad macroeconómica y la confianza del sector privado.
Si logra traducirse en nuevas plantas, ampliaciones productivas y empleo genuino, podría transformarse en una herramienta clave para la reactivación sostenida de la economía argentina.
El mensaje es claro: más producción, más empleo y más integración regional como base del crecimiento de largo plazo.




